Qué ver en streaming: la nueva temporada de El caso Hartung, Nadie 2 y una de las mejores películas rusas del siglo
Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max, Flow y YouTube.
1. Serie para ver en Netflix: El caso Hartung: el juego del escondite
La segunda temporada de El caso Hartung retoma el universo sombrío creado por Søren Sveistrup y confirma por qué el noir nórdico continúa siendo una de las formas más sofisticadas y perturbadoras del thriller contemporáneo. La historia vuelve a reunir a Naia Thulin y Mark Hess después de su distanciamiento emocional de la primera temporada. Lo que comienza como un aparente caso de cyberstalking pronto deriva en una espiral de asesinatos, vigilancia obsesiva y traumas infantiles enterrados durante décadas. Un acosador deja detrás canciones infantiles y juegos de las escondidas macabros, siguiendo a sus víctimas durante días antes de atacarlas. La serie se interna en un territorio más psicológico y opresivo, donde el miedo ya no proviene solamente de la violencia física, sino de la sensación insoportable de estar siendo observado permanentemente.
Danica Curcic y Mikkel Boe Følsgaard sostienen el centro emocional de la serie con interpretaciones extraordinariamente circunspectas. Curcic compone a Naia Thulin desde el agotamiento silencioso: una mujer brillante en su trabajo, pero emocionalmente fracturada por la imposibilidad de equilibrar maternidad y profesión. Følsgaard, por su parte, convierte a Hess en uno de esos detectives quebrados tan característicos del noir nórdico, aunque evitando el cliché del genio atormentado. Hess -que tiene un ojo azul y otro marrón- es vulnerable, evasivo y profundamente incapaz de expresar sus emociones. Entre ambos existe una tensión emocional permanente que la serie trabaja con notable sutileza. Cada conversación parece atravesada por reproches no dichos, pérdidas compartidas y una intimidad rota. A ellos se suma una formidable Sofie Gråbøl como Marie, madre devastada por el asesinato de su hija años atrás. Gråbøl entrega quizá la actuación más dolorosa de la temporada: una mujer consumida por el duelo, aislada de su propia familia y aferrada obsesivamente a la memoria de su hija como única forma de seguir existiendo.
Uno de los grandes logros de esta segunda temporada es la humanización perturbadora del asesino. A diferencia de muchos thrillers contemporáneos obsesionados con criminales geniales y calculadores, aquí el victimario aparece como el resultado monstruoso de años de abandono, negligencia emocional y trauma infantil. La serie explora cómo ciertas heridas psicológicas jamás cicatrizan y cómo la infancia puede convertirse en un espacio espectral que sigue contaminando toda la vida adulta. Las canciones infantiles y los juegos de escondidas funcionan entonces como símbolos perversos de una niñez destruida. En lugar de ofrecer explicaciones simplistas, la serie construye un retrato profundamente incómodo sobre el aislamiento afectivo y las consecuencias devastadoras de crecer sin cuidado emocional. Ese realismo emocional vuelve todavía más aterradora la violencia: el horror ya no parece excepcional, sino tristemente plausible.
Con apenas seis episodios, El caso Hartung logra un ritmo narrativo ejemplar. Cada capítulo introduce nuevas conexiones, sospechosos y capas dramáticas sin caer nunca en el exceso de información. La tensión jamás se disipa y el relato mantiene una sensación constante de fatalidad. Incluso cuando el misterio comienza a resolverse, la serie deja un residuo emocional oscuro, una impresión de desesperanza que persiste más allá del final.
Imperdible.
2. Serie para ver en Flow: El resto bien
Esta serie de Daniel Burman codirigida junto a Daniel Hendler, parte de una premisa tan simple como devastadora: Ariel, un historietista exitoso interpretado por Benjamín Vicuña, cumple cincuenta años y descubre que ya no soporta su vida. Casado con un personaje encarnado por Violeta Urtizberea, padre de varios hijos y atrapado entre padres ancianos que comienzan a depender de él, Ariel vive la sensación de estar permanentemente al servicio de otros. La serie convierte esa acumulación de demandas familiares, laborales y emocionales en el núcleo de su relato, explorando una crisis masculina pocas veces abordada con semejante frontalidad en la ficción latinoamericana: la de hombres que llegan a la mediana edad sintiéndose invisibles, agotados y emocionalmente encapsulados.
Burman apuesta por una observación amarga de la vida cotidiana. Ariel no encuentra respuestas; apenas sobrevive a una cadena ininterrumpida de obligaciones. La serie trabaja desde escenas pequeñas y aparentemente triviales que terminan revelando un profundo colapso existencial: discusiones domésticas, hijos que ya no escuchan, padres que exigen cuidados, negociaciones conyugales sobre quién resigna más tiempo personal o profesional. El cuerpo también se convierte en un campo de batalla. Ariel empieza a sentir el desgaste físico de los años y entiende que su crisis no es solamente emocional, sino también biológica y social. La serie logra captar esa sensación de hombres obligados a seguir funcionando mientras todo alrededor parece reclamar algo de ellos.
En términos formales, El resto bien continúa varias obsesiones temáticas presentes en la obra de Daniel Burman desde El abrazo partido o Derecho de familia, aunque aquí el tono aparece más desencantado y menos celebratorio. La puesta en escena se apoya en espacios saturados, diálogos superpuestos y movimientos constantes dentro del cuadro, como si cada escena estuviera al borde del desborde nervioso. En los primeros episodios el montaje es crispado, sin darle respiro al espectador. Daniel Hendler -como actor y director- aporta además una sensibilidad particularmente seca y melancólica que refuerza el naturalismo incómodo de la serie. No hay grandes clímax ni escenas subrayadas: el agotamiento circula silenciosamente por cada rincón del relato. Incluso los momentos de humor funcionan como pequeñas válvulas de escape dentro de un sistema emocional agotado.
Benjamín Vicuña ofrece una de las interpretaciones más complejas de su carrera reciente. Su Ariel está construido desde la represión, la irritación silenciosa y el cansancio acumulado. Vicuña evita cualquier tentación melodramática y compone a un hombre que ya ni siquiera tiene energía para explotar. A su alrededor, Violeta Urtizberea sobresale especialmente al retratar las contradicciones de una mujer que desea autonomía profesional sin quedar atrapada exclusivamente en la maternidad. La química entre ambos evita los lugares comunes del matrimonio televisivo y expone tensiones profundamente contemporáneas sobre el reparto emocional y doméstico. Rita Cortese, como una madre atravesada por la demencia, aporta algunas de las escenas más esperpénticas de la serie, mientras el resto del elenco construye una dinámica familiar caótica, incómoda y reconocible.
Con 8 episodios muy breves y un tono que mezcla ironía, tristeza y observación social, El resto bien logra transformar la crisis de los cincuenta en algo más que una neurosis individual: una radiografía amarga y lúcida de la adultez contemporánea.
Muy recomendada.
3. Película para ver en HBO Max: Nadie 2
El film retoma la historia de Hutch Mansell, el asesino profesional y padre suburbano interpretado por Bob Odenkirk, varios años después de los acontecimientos del inesperado éxito de 2021. Ahora, Hutch vive atrapado entre trabajos violentos destinados a pagar una enorme deuda con la mafia y una familia que comienza a resquebrajarse por su ausencia permanente. Intentando salvar su matrimonio con Becca (Connie Nielsen) y reconectar con sus hijos Brady y Sammy, organiza unas vacaciones familiares en un decadente parque acuático llamado Plummerville. Pero el viaje pronto deriva en otra pesadilla criminal cuando Hutch entra en conflicto con autoridades corruptas y con Lendina, una extravagante jefa mafiosa interpretada por Sharon Stone. Lo que parecía una escapada doméstica se transforma rápidamente en una orgía de violencia, persecuciones y cuerpos destrozados, donde hasta un tobogán acuático o un martillo de feria pueden convertirse en armas letales.
La primera gran diferencia respecto al film original aparece detrás de cámara. Ilya Naishuller, director de la primera entrega, deja su lugar al indonesio Timo Tjahjanto, cineasta asociado al horror extremo y a películas de acción con mucho gore. El cambio de sensibilidad es evidente desde los primeros minutos. Tjahjanto convierte la película en un festival de violencia hiperbólica, humor absurdo y energía de película de clase B orgullosamente desatada. El resultado tiene algo de parque de diversiones cinematográfico oxidado: ruidoso, excesivo y muchas veces irresistiblemente divertido.
Bob Odenkirk continúa siendo el gran atractivo de la franquicia. Su presencia sigue funcionando precisamente porque rompe con el molde clásico del héroe de acción musculoso. Hay algo extrañamente cómico y fascinante en verlo destruir criminales vestido con camisa hawaiana y sandalias, utilizando cualquier objeto cotidiano como instrumento homicida. Odenkirk interpreta a Hutch como un hombre permanentemente cansado de sí mismo, atrapado entre la violencia como adicción y el deseo imposible de normalidad familiar. Connie Nielsen vuelve a aportar cierta estabilidad emocional como Becca, aunque el guion apenas profundiza en la crisis matrimonial que intenta insinuar. Christopher Lloyd, nuevamente como el padre de Hutch, aparece convertido casi en una caricatura delirante de abuelo armado hasta los dientes, mientras RZA regresa como Harry aportando complicidad y humor autoparódico. Sharon Stone, por su parte, se entrega con evidente entusiasmo al papel de Lendina, una villana operística y desquiciada que parece salida de una historieta ultraviolenta. Su actuación entiende perfectamente el tono de la película: exceso puro, sin el menor interés por el realismo.
La película abandona casi toda pretensión dramática para entregarse al espectáculo grotesco. La acción es más brutal, más creativa y mucho más exagerada que en la original. Tjahjanto filma las secuencias violentas como si cada objeto dentro del encuadre estuviera esperando su turno para convertirse en arma improvisada. Ascensores, teléfonos, juegos mecánicos y toboganes acuáticos son incorporados al combate con una inventiva sanguinaria. Con un ritmo endiablado, el entretenimiento está asegurado.
Muy recomendada.
4. Serie para ver en Netflix: Los peores ex del mundo
En su segunda temporada este perturbador documental vuelve a explorar el horror que puede esconderse detrás de relaciones aparentemente normales. A lo largo de cuatro episodios de aproximadamente una hora, la serie reconstruye casos reales en donde vínculos sentimentales terminan convirtiéndose en escenarios de manipulación, violencia extrema, secuestro y asesinato. Lo más inquietante es justamente la banalidad inicial de estas historias: parejas carismáticas, relaciones amorosas ordinarias y pequeños signos de control que, poco a poco, derivan en pesadillas psicológicas. Aquí el monstruo ya no aparece como un extraño externo, sino como alguien que duerme al lado de la víctima.
Cada episodio construye un mecanismo de tensión distinto. El primero, centrado en Wade Wilson y el testimonio de Kelly Matthews, funciona como un retrato escalofriante sobre la negligencia institucional y las señales de alarma ignoradas. La serie muestra cómo el agresor pudo sostener conductas violentas durante años gracias a una mezcla de carisma superficial y falta de intervención temprana. El segundo episodio, dedicado a Geoffrey Paschel, trabaja sobre el patrón repetitivo del abuso doméstico y cómo ciertos hombres violentos logran normalizar conductas de control emocional frente a múltiples parejas sin despertar sospechas inmediatas. Aquí el documental resulta particularmente incisivo al mostrar la dimensión estructural del problema: no se trata solamente de «malas relaciones», sino de sistemas culturales que permiten invisibilizar ciertas formas de violencia masculina.
El tercer episodio es probablemente el más perturbador de toda la temporada. La historia de Joyce Pelzer y el asesinato de Shawndell McLeod abandona parcialmente la lógica tradicional del «novio violento» para adentrarse en un territorio mucho más ambiguo y psicológicamente perverso. La serie explora cómo la confesión de un crimen puede convertirse también en un mecanismo de manipulación emocional y control dentro de una nueva relación. El papel de Katie Long, colaborando con la policía para registrar confesiones y ayudar en la investigación, introduce además una dimensión ética particularmente compleja: el documental transforma a la víctima sobreviviente en agente activa de resistencia. Sin embargo, lo más devastador es descubrir que incluso después de las sospechas y denuncias, la violencia logra continuar. La serie insiste constantemente en una idea aterradora: muchas veces el peligro persiste aun cuando ya fue identificado.
El episodio final, centrado en Scott Freeman y Karen Kummerer, adopta directamente la estructura de un thriller de secuestro. Karen, retenida contra su voluntad, intenta sobrevivir dejando notas y señales desesperadas en baños públicos mientras atraviesa distintos estados de los Estados Unidos junto a su captor. Aunque el espectador conoce desde el comienzo que sobrevivió para contar su historia, la tensión resulta asfixiante gracias a una puesta en escena sobria que evita teñir de amarillismo el sufrimiento. La directora Cynthia Childs privilegia siempre el punto de vista de las víctimas y sobrevivientes antes que la fascinación morbosa por los criminales.
Esta temporada funciona como una reflexión muy clara sobre las dinámicas de poder dentro de las relaciones afectivas contemporáneas. La serie expone cómo la violencia doméstica rara vez comienza de manera explícita: surge gradualmente mediante aislamiento emocional, manipulación psicológica, control económico, vigilancia y desgaste afectivo. Hay también una crítica implícita hacia instituciones policiales y judiciales que muchas veces minimizan denuncias o interpretan ciertas conductas abusivas como simples conflictos privados. Y cada episodio está tan bien narrado que es difícil despegar los ojos de la pantalla.
Muy recomendada.
5. Película para ver en YouTube: Vozvrashchenie – The return – El regreso
Con El regreso, el director ruso Andrey Zvyagintsev irrumpió en el cine contemporáneo con una obra de un rigor visual y emocional extraordinario. La película comienza con una premisa aparentemente simple pero cargada de misterio: dos hermanos adolescentes, Andrei e Ivan, descubren que su padre, desaparecido durante más de diez años, ha regresado inesperadamente al hogar. Sin explicaciones claras sobre su ausencia ni sobre los motivos de su retorno, el hombre decide llevar a los chicos a un viaje hacia una isla remota del norte ruso. Lo que inicialmente parece un intento tardío de reconstrucción familiar pronto se transforma en una experiencia inquietante, marcada por el silencio, la violencia emocional y una tensión constante entre autoridad y afecto. Más que un relato de aventuras o reconciliación, la película funciona como una parábola oscura sobre la figura paterna, la masculinidad y el tránsito doloroso hacia la adultez.
El padre, interpretado con una presencia casi fantasmal por Konstantin Lavronenko, es uno de los personajes más enigmáticos del cine ruso reciente. Zvyagintsev nunca intenta explicarlo psicológicamente ni convertirlo en un simple villano autoritario. Su figura aparece construida desde el misterio y la ambigüedad moral. Para Andrei, el hermano mayor, el padre representa una figura de admiración y modelo masculino; para Ivan, en cambio, es un intruso amenazante, un hombre que pretende imponer autoridad sin haber ganado jamás el derecho emocional para hacerlo. Toda la película se articula alrededor de esa tensión. El padre enseña mediante la humillación, la dureza física y la imposición de reglas arbitrarias, como si intentara recuperar en pocos días una década de ausencia. Pero detrás de esa severidad aparece también una fragilidad silenciosa: un hombre incapaz de comunicarse emocionalmente y atrapado en un modelo de masculinidad donde el afecto sólo puede expresarse mediante disciplina o violencia.
La relación entre los dos hermanos constituye otro de los grandes logros de la película. Vladimir Garin y Ivan Dobronravov construyen interpretaciones de una naturalidad conmovedora. Andrei busca desesperadamente el reconocimiento paterno y adopta rápidamente las reglas del padre como forma de acceso al mundo adulto. Ivan, en cambio, encarna la resistencia emocional y la desconfianza infantil frente a una autoridad impuesta. Zvyagintsev filma sus rostros y silencios con una sensibilidad extraordinaria, captando el modo en que el miedo, la admiración y el resentimiento conviven simultáneamente dentro del vínculo filial. El viaje se convierte así en una experiencia iniciática brutal: los hijos no sólo descubren quién es su padre, sino también la imposibilidad de comprenderlo plenamente.
Desde el punto de vista formal, El regreso revela ya todas las obsesiones que atravesarán posteriormente la filmografía de Zvyagintsev: familias fracturadas, figuras paternas ausentes o destructivas, espiritualidad vaciada y personajes atrapados en paisajes físicos y emocionales desolados. El director, que luego consolidaría su prestigio internacional con películas como Elena (2011), Leviatán (2014) y Sin amor (2017), trabaja aquí con un minimalismo visual hipnótico. Los paisajes lacustres, los cielos grises y la fotografía de tonos frígidos de Mikhail Krichman construyen una atmósfera casi bíblica. El ritmo lento, los largos silencios y la ausencia de explicaciones psicológicas convierten al film en una experiencia profundamente contemplativa. Hay ecos de Tarkovski en la relación entre naturaleza, memoria y espiritualidad, pero Zvyagintsev desarrolla desde el comienzo una voz propia, más austera y cruel.
El regreso fue además uno de los grandes acontecimientos cinematográficos del año 2003. La película obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia, además del premio Luigi De Laurentiis a la mejor ópera prima, consolidando instantáneamente a Zvyagintsev como una de las figuras centrales del nuevo cine ruso. La crítica internacional elogió especialmente su maestría narrativa, la potencia simbólica de la puesta en escena y la complejidad emocional de sus personajes. Con el tiempo, la película se transformó en una obra fundamental del cine europeo contemporáneo. Más de veinte años después, sigue conservando intacta su capacidad de perturbación: un relato sobre padres e hijos donde el amor nunca logra separarse del miedo, y donde la masculinidad aparece como una herencia tan inevitable como destructiva.
Imperdible.
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