22/06/2024

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Noti- Economia: Entrena tu voluntad: el antivirus de la impulsividad

Llevas, de serie, y aunque no lo sepas, el mejor antivirus para vivir en sociedad: la voluntad. ¿Por qué? Porque estamos enfermos, sin darnos cuenta, de “impulsividad”, y la voluntad es nuestra mejor baza para abordarla. Cada vez nuestras acciones son menos conscientes, menos deliberadas, menos motivadas internamente, menos elegidas y, por tanto, menos libres.

Por mucho que nos hagan creer, que tenemos más libertad que nunca en nuestras vidas, realmente estamos cada vez más controlados y esclavizados.

Lucía Velasco, directora del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI), opina, en una entrevista en el País, que estamos hiperactivados con alertas, notificaciones, newsletters, audios, contenidos y estímulos que nos obligan a cambiar de foco constantemente, lo que nos hace perder la concentración, la perspectiva y la claridad mental. Así es como caemos en la inconsciencia y nos volvemos máquinas, manipuladas por otros a través de libros de instrucciones muy bien elaborados. Todo ello lo explico en libro: La Alquimia de la Motivación.

Puede resultar muy revelador darse un paseo por el libro “Enganchado” (Hooked): como construir productos y servicios exitosos que formen hábitos. En él, su autor, Nir Eyal, consultor de Sillicon Valley y profesional del diseño de conductas, describe su “Modelo Hook” (gancho, léase enganchados), basado en el conductismo y pensado para crear hábitos de consumo inconscientes.

El propio autor indica en el libro que “el potencial impacto y el poder manipulador que el Modelo Hook puede tener en las vidas de las personas hace indispensable que los empresarios se cuestionen las implicaciones morales de los productos y estrategias que implementan.”

Como anticipó hace años el economista conductual Paul Roberts, vivimos en la “sociedad del impulso”, un mundo en el que las personas solo se sienten bien cuando obtienen gratificación inmediata, algo que sabe explotar muy bien el citado “modelo hook”.

El cambio constante nos genera incertidumbre, la cual nos hace sentirnos inseguros, como esta sensación nos desagrada la queremos evitar a toda costa. La forma de hacerlo es experimentando el placer de la gratificación instantánea, por eso nos hemos vuelto impacientes ante la presencia de cualquier malestar y, en paralelo, impulsados a eliminarlo y enganchados a todo aquello que lo sofoque.

El sistema económico se nutre de ello y ha sabido crear el engranaje perfecto para seguir engordando: produce cambios de manera continua y luego para calmar nuestra ansiedad nos suministra el deleite instantáneo creando una demanda de bienes y servicios que la gente no necesita y que solo busca satisfacer anhelos artificiales. Todo ello ha contribuido a lo que muchos llaman “la generación de ya”, acostumbrada a tenerlo todo a golpe de click, ha desarrollado una intolerancia a la demora de la gratificación y una forma de vida impulsiva.

Como cada vez necesitamos consumir más para estar bien y satisfechos, trabajamos más para poder obtener el dinero con el que comprarlos e, incluso, nos endeudamos para hacerlo.

La crisis económica del 2008 fue un claro reflejo de ello. Como dice Paul Roberts, la economía de mercado no solo nos crea la necesidad, sino que también produce los bienes para satisfacerla y financia los deseos. Lo que lleva ocurriendo los últimos meses con las criptomonedas no es más que un reflejo de la “impulsividad”: cómo hacerse rico ya, al instante, en el menor tiempo posible, sin esfuerzo y sin trabajar. Caemos en sus redes porque queremos creer en sus promesas de ganancias rápidas y fáciles.

Por todos sitios nos bombardean con mensajes sobre “recompensas atractivas e inmediatas”. Su único fin es anular nuestra perspectiva, nuestra visión a largo plazo, nuestro pensar más allá del momento presente, nuestra capacidad de planificación y de autorregulación. La clave es mantenernos todo el tiempo reaccionando a sus estímulos, “enganchados” a ellos, atrapados, como la rata de Skiner, en una caja de producción masiva y constante de incentivos, que ni siquiera tenemos capacidad para gestionar. Esto está dando lugar a que cada vez más personas tomen decisiones teniendo en cuenta sólo los beneficios a corto plazo, obviando los perjuicios que a largo plazo puedan tener.

La explicación está en la estimulación constante de la experiencia emocional y la activación del deseo. De esta forma nuestra amígdala queda seducida y atrapada en un mundo de estímulos e incentivos que impiden ver más allá.

Cuando el área límbica de nuestro cerebro entra en acción las decisiones son más emocionales, impulsivas, inconscientes, reactivas, pues esta parte de nuestra anatomía cerebral está enfocada en el presente, en el corto plazo y es responsable de que actuemos sin pensar, dejándonos llevar por todo lo que vibra ahí fuera. Esto explica por qué las personas compran a crédito para tener lo que quieren ya, en lugar de ahorrar para tenerlo en el futuro, ignorando el coste de los intereses o las posibles variaciones en la capacidad económica que puedan impedir asumir la devolución del préstamo. También que no podamos dejar de consultar continuamente las notificaciones que llegan a nuestro móvil, a pesar de que no desaparecen y se puedan ver en cualquier momento, para luego tener que invertir más horas en terminar el trabajo que estamos haciendo.

Vivimos en la “economía del impulso”, un sistema basado en producir bienes que activan nuestro deseo y necesidad, rodeados de toda una ingeniería de incentivos gatilladores, que nos incitan a consumir sin control, ni razón. Para que esta maquinaria funcione es imprescindible mantenernos en permanente estado de insatisfacción, con la sensación de que nos falta algo, que no estamos completos, que corremos el peligro de quedarnos atrás, fuera de onda, fuera del mercado, que nuestro bienestar está en riesgo si no adquirimos lo último en llegar.

De ahí el cambio constante, las tendencias, las modas, el culto a lo nuevo. Como dice Zygmunt Bauman, “el mercado no sobreviviría si los consumidores se aferrarán a las cosas”, por eso pone de moda unas tendencias (genera la necesidad de lo que nos falta) y devalúa las anteriores (genera la insatisfacción con lo que ya tenemos). Los cambios en los modelos de telefonía móvil, de las diferentes marcas, son un claro reflejo de ello.

Nos generan tal universo de necesidades ficticias que vivimos en permanente estado de insatisfacción. Así la necesidad de buscar y obtener consuelo de forma inmediata se vuelve incontrolable. Hasta el punto que se ha instalado en nosotros un patrón-creencia que nos domina: si no tengo todo lo que necesito no soy feliz. Para disponer de ello compró, para poder comprar produzco el dinero que me permite acceder a todos esos bienes.

Esto me lleva a trabajar sin descanso para obtenerlo. Lo que se traduce en creer que aseguro mi felicidad trabajando más, para poder tener más, no vaya a ser que se acabe y sea infeliz.

El problema es que nuestra insatisfacción suele tener raíces más profundas:

  • falta de autoestima,
  • falta de seguridad en uno mismo,
  • falta de afecto,
  • falta de un propósito personal
  • y, en general, de significativo en la vida.

Al no ser conscientes de ellas, porque eso requeriría parar y dedicar tiempo y esfuerzo a la introspección, acudimos a lo fácil, rápido, disponible de forma inmediata y que nos presentan como la receta mágica para terminar con nuestro malestar: el último modelo de móvil, la última prenda de moda que llevan todas/os los influencers a los que sigo, una experiencia de superación personal de alto impacto, un viaje de cine, un curso de milagros, una charla motivacional, etc. Y lo que en un principio son medios para lograr fines se acaban convirtiendo en fines en sí mismos, subyugándonos y controlándonos.

Cuando la presencia en redes sociales es una necesidad para lograr un fin mayor, relacionado con mis metas y propósito, su satisfacción tiene un límite, pues se sacia en la medida que convenga a la consecución de ese fin, porque es un medio para lograrlo. Cuando la presencia en redes sociales se convierten en un fin en sí mismo, desconectada de un motivo más trascendente. Es una necesidad infinita, sin límite, convirtiéndose en una insatisfacción permanente.

Los ejemplos están por todas partes: el reconocimiento, la fama, la imagen pública, el poder, el dinero o la diferenciación se han convertido en fines y han dejado de ser los medios para lograr nuestro propósito vital.

Lo mismo ha ocurrido con el trabajo. Ha pasado de ser un medio para realizarse personalmente a ser un fin en sí mismo, y como tal no tiene límite. Nunca es suficiente lo que hago, las horas que trabajo, la jornada laboral parece no tener final y todo eso nos consume y nos desborda.

La cosa se empieza a complicar cuando la necesidad a satisfacer no es una sino muchas, diversas, a veces sin nombre, y contrarias entre sí, presionando todas ellas con urgencia para ser merecedoras de atención. Cuando esto ocurre y, además, de forma continua, ¿quién pone orden en la constelación de nuestras necesidades?

Si no tomamos el control mediante el ejercicio de nuestra voluntad, lo ejercerán otros sobre nosotros: los que se enriquecen a costa de nuestra impaciencia, impulsividad y adicción a la satisfacción inmediata.

Cuando no somos capaces de ejercer el autodominio sobre nuestras necesidades, deseos y tendencias impulsivas, quedamos a merced de quienes sepan suscitarlas y motivarlas a través de un prolijo escaparate de satisfactores atractivos y accesibles.

El nuevo libro de María Luisa de Miguel.

Lo paradójico es que el aumento y diversidad de los bienes y servicios producidos para colmar nuestras necesidades no ha mejorado nuestro bienestar sino más bien todo lo contrario. Ahora que tenemos más de cinco canales de televisión gratuita y una oferta infinita de plataformas y canales de pago nos frustramos delante de la pantalla porque no encontramos ningún programa, película o serie que nos llene.

La ampliación de opciones no ha ampliado nuestra libertad, la ha complicado tanto que está extenuada y prefiere que un algoritmo elija por ella. Sin embargo, nuestra sociedad industrial y de consumo, tan empeñada y dedicada a satisfacer todas nuestras necesidades, no solo no es capaz de cubrir, sino que está frustrando la más importante de todas: la necesidad de sentido. Y sin ella nos encontramos perdidos, vacíos, sin fuerzas, sin ganas, desesperados y desamparados.

Buscamos refugio donde sea, para no experimentar esa sensación de estar vacíos y a la deriva. Andamos a la pesca de cualquier forma de atención que nos haga sentirnos conectados a algo, aunque sea efímero y superficial.

Practicamos a diario lo que la escritora Rebecca Reis acuñó bajo el término de “sadfishing”: publicar problemas emocionales en internet con el objetivo de despertar compasión o la atención en la comunidad de internautas. No es de extrañar que, como dice la periodista Marta Peirano, el like se haya convertido en el último grito en lubricante social, porque ha logrado que las personas se sientan atendidas, escuchadas y valoradas. El gran éxito de las redes sociales se explica por la posibilidad de obtener atención de forma fácil, rápida y constante como vía para paliar la soledad o la falta de autoestima.

La adicción a la satisfacción inmediata de cualquier necesidad o deseo nos acaba haciendo trabajar más y más para mantener o incrementar el poder adquisitivo. A su vez nos permite consumir más y más, hasta el punto de sufrir una metamorfosis y pasar de consumidores a consumidos.

Consumidos por la ansiedad de no llegar a todo, consumidos por la permanente atención a unas necesidades que nunca se colman, consumidos por horas y horas de trabajo físico y mental para ganar más, para poder comprar más, poder tener más y poder sentirnos más o mejor e, incluso, más seguros con todo ello. Buscamos continuamente cómo estar más motivados para cumplir con todo, llegar a todo, y hacer más y más. Esta hipermotivación, constantemente incentivada desde afuera, es la que nos está consumiendo la energía y anulando la voluntad para dirigir nuestra vida y cumplir con nuestros propósitos.

Que las necesidades existen es innegable, que nos movemos por ellas, también, y que ejercen un importante influjo en la motivación humana, incuestionable. Ahora bien, esto no significa que tengan un poder omnipotente, que sean el director de orquesta de nuestra vida.

Al ser diversas y diferentes entre sí generan conflictos de satisfacción, por lo que estaríamos perdidos si no existiera un factor orientador o un principio guía que dirija sus acciones poniendo orden entre todas ellas. Ese criterio lo ejercen nuestras metas conscientes y conectadas a un propósito personal. El orden lo pone la voluntad, con ella priorizamos qué necesidades entran a escena y cuánto contribuye a nuestras metas más elevadas. Si prescindimos de nuestra voluntad motivada, para conseguir metas elevadas, y nos centramos sólo en la motivación basada en necesidades, estamos construyendo una idea del ser humano necesitado y en permanente estado de carencia, de falta e insatisfacción. Un ser humano incapaz de ejercer el autodominio, de guiarse por sus ideales y aspiraciones.

No debemos olvidar que somos seres con capacidad para gestionar nuestras necesidades y realizar nuestras aspiraciones. Capaces de dominar nuestros impulsos cuando suponen un estorbo o no son el mejor camino para lograr estas aspiraciones.

La voluntad motivada en el propósito es el árbitro de nuestra vida, ordena el juego de necesidades y deseos. Permite elegir cuáles atender y cómo en cada momento. Se basa en las metas en curso, en lugar de abalanzarse sin pensar ante cualquier promesa de placer inmediato y fácil que se nos presente. Para elegir hace falta un criterio sólido. Este lo proporciona el propósito personal, traducido en metas y objetivos que ayudan a realizarlo. La voluntad se motiva, se fundamenta en una causa que da sentido a todo: el propósito. Por eso cuando elige lo hace con conocimiento de causa y no de forma impulsiva y sin sentido.

Pero la voluntad no ha tenido buena prensa en el ámbito de la educación, la economía y la sociedad. La eclipsó la motivación. No es de extrañar, si se tienen en cuenta, como cita Bauman, que la economía de mercado no soporta a las personas comprometidas, leales a algo, que mantienen una trayectoria coherente y cohesionada. Aquellas que se resisten a las distracciones y descartan los arranques aventureros. A la sociedad del consumo no le interesan las personas que se mantienen unidas a un ideal y no se separan de él. Ni lasque son fieles a un propósito y a un proyecto personal. Situándolo por encima de modas, tendencias, placeres pasajeros o necesidades perentorias.

Al mundo actual, regido por las leyes del mercado, no le interesa la voluntad, es una dama demasiado obstinada. Por tanto, peligrosa para sus intereses. De ahí el protagonismo y exhibicionismo, casi escandaloso, que se hace de la motivación asociada a las necesidades, los deseos, el placer y los impulsos.

Al silenciar el papel de la voluntad en nuestra vida nos movemos a golpe de motivación constante. Pilotamos de manera inconsciente, irreflexiva e impulsiva. Este hacer sin tregua y sin sentido, sin conexión a un propósito, es el que nos tiene agotados, consumidos y desbordados. Sin energía para luchar por nuestros verdaderos ideales y propósitos. Estamos sufriendo un secuestro amigdalar permanente por el incesante bombardeo de estímulos activadores de la necesidad y el deseo. Todo ello anula la fuerza de nuestra voluntad. Y los músculos que no se entrenan se debilitan.

Lo mismo ocurre con nuestras facultades. Si dejamos de utilizar nuestra voluntad, la capacidad para reflexionar y la de movernos por propósitos, las facultades se degradan. Dejamos de pilotar de forma consciente nuestras acciones y estaremos a merced de que otros las gobiernen en función de sus fines e intereses.

La impulsividad nos lleva a actuar demasiado rápido, de manera irreflexiva o desordenada, a buscar la gratificación inmediata, actuando en piloto automático. Esto complica el hecho de proponerse metas a medio o largo plazo, que requieren parar, reflexionar, deliberar y decidir con conocimiento de causa.

Ahora bien, los seres humanos tenemos la gran capacidad para decidir autónomamente. Re-programarnos a nosotros mismos a través de órdenes mentales apoyadas en un fin personal, un propósito. Esa cualidad, encarnada en la voluntad, es la que nos permite ser un “yo que controla” y no “yo controlado”. En definitiva, comportarnos como humanos y no como máquinas.

Pero esta capacidad hay que cultivarla, entrenarla y ejercerla. No es automática, nace de la consciencia y la autorregulación.

  1. Deja de pasar de una tarea a otra, de hacer y hacer sin pensar.
  2. Deja de reaccionar ante cada notificación que se asoma a tu móvil, tu reloj smart o tu ordenador.
  3. Programa tu vida con el comando 4P: para, pausa, piensa y planifica.
  4. Antes de abrir la notificación de correo, para, respira, introduce una pausa entre el estímulo y la respuesta.
  5. Plántale cara al impulso, piensa si es lo mejor que puedes hacer aquí y ahora para tu objetivo en curso o la tarea que te traes entre manos.
  6. Planifica y decide la acción a llevar a cabo que más te acerque a tu meta.
  7. La vida se cocina a fuego lento, no es un restaurante de comida rápida.
  8. Ejercer nuestra voluntad es jugar con nuestras reglas. Reafirmarnos como humanos que piensan, cuestionan, eligen y deciden su presente y su futuro.

La voluntad nos ayuda a dirigir nuestra atención, concentrarnos en lo esencial, mirar más allá del aquí y ahora, visualizar el faro de nuestras metas personales. Tener presente y guiar la inversión de nuestro esfuerzo y tiempo hacia esas metas.

Las necesidades, las pasiones y los deseos originan impulsos a la acción. Pero la voluntad pone orden y facilita dirigir la atención al servicio de nuestras aspiraciones, valores, ideales y propósito. 

Un pensar y un hacer que no están apoyados en una voluntad motivada y un propósito férreo, nos conducen a una nuestra esclavitud emocional e intelectual. Todos los esclavos tienen un amo. Ahí afuera hay unos cuantos queriendo ocupar ese papel: inundándonos con estímulos que secuestran nuestra atención. Motivándonos a vivir en un permanente hacer sin sentido. Acelerando los procesos y así no tener tiempo a pensar.

El virus está en el aire, pero cada uno de nosotros tenemos el antídoto para combatirlo: nuestra voluntad.


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