22/06/2024

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En 1950 Akira Kurosawa obtenía un notable reconocimiento internacional con su obra maestra, Rashōmon. El entonces joven Akira, tomó dos relatos cortos del escritor neorrealista Ryūnosuke Akutagawa y los moldeó en una película inmensa, una expresión formidable en lenguaje cinematográfico de ese lugar común al que llegamos muchas veces con el latiguillo «todo depende del cristal con que se mire».

La historia cuenta el juicio por asesinato de un samurai en el Japón feudal. Las versiones del hecho son de Tajōmaru, un bandido conocido (interpretado por ese inconmensurable actor fetiche de Kurosawa, Toshiro Mifune), Masako Kanazawa, su viuda que alega haber sido ultrajada por el bandido y el mismísimo samurai (declara a través de una médium). Por supuesto cada uno ofrece una versión diferente de lo sucedido. Como espectadores, accedemos a ese relato a partir del testimonio de unos hombres, un monje, un peregrino y un leñador, que comparten esos hechos mientras esperan el paso de una copiosa lluvia en las puertas Rashō.

Dos décadas después, la banda más importante de la música popular, vivió su propio Rashōmon. En 1969 la tormenta perfecta de celos, cansancio y explosión creativa tuvo su epicentro en Let It Be, el proyecto de Los Beatles que había iniciado como un proceso de vuelta a las fuentes rockeras de la banda. Para ese entonces, ya estaban todos los casilleros de la experimentación musical completos, sobre todo con dos discos: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (reconocido como Sargento Pepper) y The White Album (El Álbum Blanco)

Ese año, los estudios Twickenham de Londres se convirtieron en las puertas de Rashō. Cada integrante de la banda decidió llevar al colapso ese cataclismo en reposo que era por entonces la sociedad artística de los cuatro de Liverpool. La idea era grabar una película del proceso creativo de un concierto, los ensayos de todo un nuevo material, y culminar con un recital en vivo, algo que la banda había dejado de hacer hace años. El resultado nunca llegó a buen puerto. Las partes fueron más que la totalidad. Claramente, Paul McCartney estaba en un momento de explosión creativa superlativo. Su supremacía como líder no declarado de la banda era evidente. El que más sufría esa superioridad era George Harrison, limitado en el caudal creativo que emanaba de su talento; se quería ir. Constantemente. Lennon estaba disfrutando de la relación más importante de su vida junto a Yoko y su atención estaba en otras áreas de la música más allá del arte.

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Como consecuencia de todo ese incendio permanente, el proyecto original que iba a ser registrado por el director Michael Lindsay-Hogg se convirtió en un film maldito: Let It Be. Ninguno de los cuatro músicos asistió al estreno oficial del film y la película quedó en el olvido por expreso deseo de la banda. Nunca permitieron un reestreno ni una reedición en ningún formato. Hasta ahora.

A partir de la vuelta al material original que tuvo lugar con el proyecto de Peter Jackson y Get Back, el film vuelve a estrenarse en la plataforma Disney Plus. Apple Corps., dueña de los derechos de la banda, le pidió a Park Road Post Production, de Peter Jackson, que restaurara meticulosamente la película a partir del negativo original de 16mm, lo que incluyó la remasterización del sonido utilizando la misma tecnología de-mix que se utilizó en la docuserie Get Back. El resultado, como en la serie documental, es maravilloso y Let it Be, finalmente, tiene lugar en la historia como el documento fílmico importantísimo que fue y es.

La película se divide en dos partes destacadas. La primera, con el registro en los estudios Twickenham, del ensayo del nuevo material. Hay momentos como el de Ringo y George realizando arreglos para la bella composición Octopus Garden (que luego iba a ser grabada en Abbey Road) o McCartney dando indicaciones a Lennon sobre cómo debía sonar la guitarra en I’ve Got a Feeling. Ese primer segmento se lleva una hora de producción total. La segunda parte, con el famoso concierto en la azotea del edificio de Apple Corps., es el cierre y dura 25 minutos.

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Durante años se especuló respecto de todo lo que pasó en esas semanas de grabación de Let it Be. Las peleas, los mitos alrededor de Yoko Ono y su incidencia sobre Lennon, el carácter insoportable de McCartney, la contención de Harrison y el hartazgo de Ringo. Diferentes miradas sobre un mismo suceso.

El investigador y especialista Dan Rivkin que lleva adelante la web y cuenta de X They May Be Parted acerca de las sesiones de grabación de Let it Be ha comentado que «Ha sido tratado como un trabajo en progreso perpetuo, un álbum que originalmente nunca tuvo la intención de ser». Nada de Déjalo Ser.

El reestreno de la película en Disney+ suma un diálogo de cinco minutos entre Peter Jackson y Michael Lindsay-Hogg, responsable del registro de más de sesenta horas de esas sesiones interminables. Es interesante ese momento porque Hogg explica cuál era la idea original del film, unas pequeñas escenas previas que sirvieran de introducción al concierto en un anfiteatro, el retorno de Los Beatles al vivo. Todo se vino abajo con la partida de George Harrison y el colapso del proyecto. De ahí su idea de darle un cierre a ese material con el concierto en la azotea.

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La verdad desnuda

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La revolución y vuelta al concepto Let It Be comenzó con el acceso de Peter Jackson a más de 50 horas de grabación cruda que fueron obtenidos durante los 20 días en enero de 1969 como registro de la grabación del álbum. Ese fue el trabajo original de Hogg. Por eso, en la charla actual como preludio del film incluida en la plataforma, el director veterano piensa hoy el resultado de su película como una segunda parte del monumental trabajo realizado por su colega, el realizador de El Señor de los Anillos.

Jackson trabajó en su mayor parte con un material que era inédito. Y ofrece una nueva mirada sobre esos días enigmáticos y atrapantes. Nuevamente nos sumergimos en las puertas de Rashō para acceder a otro relato posible. La maravilla del Jackson documentalista nos entrega una parte de ese conflicto, sí. Pero también suma la química de cuatro amigos entrañables, momentos de disfrute y un acceso a un desborde creativo supremo, como el momento en el que McCartney compone en vivo esa pieza suprema que es Get Back. Respiramos aliviados. Había mucho más que ver y aprender de esos días y de nuestros amados Beatles. «Desde el punto de vista de los cuatro Beatles, creo que aprendimos más sobre sus personalidades y de quiénes eran como seres humanos, porque reaccionan a las cosas que salen mal en lugar de reaccionar a las cosas que salen bien», comentó en una de las tantas entrevistas el director de King Kong.

Pero hay otra mirada que se suma a la historia de ese álbum, de ese disco en constante proceso. En 2023, se cumplieron 20 años de la salida al mercado de Let it Be… Naked. Ese «desnudo» del nuevo título se refiere a la obra tal cual la había pensado McCartney. Un sonido limpio, sin esas sobre grabaciones experimentales. En un trabajo sobre los masters originales, Paul Hicks, Guy Massey y Allan Rouse, productores de sonido, eliminaron el trabajo original de Phil Spector y resaltaron la instrumentación central de los Beatles y el teclista Billy Preston. El resultado deja afuera las paredes sonoras marca registrada Spector sobre las cintas originales que Harrison y Lennon le habían entregado al productor para que dispusiera a su gusto, generando el enojo de Paul. Por eso, más allá de que Abbey Road se grabó después en 1969 (y salió a la venta en septiembre de ese año), Let It Be demoró su llegada a las bateas hasta 1970, convirtiéndose en el último álbum Beatle oficial.

Let it be… Naked ofrece un sonido limpio, con varias versiones que se podían escuchar en la serie de discos anteriores, el proyecto Anthology que en los años noventa ofreció tres canciones inéditas recuperadas de viejas cintas de grabación en tres discos dobles (en plena vigencia del CD) que mostraron tomas alternativas de piezas conocidas.

Todo un material adictivo en el marco de un proceso de comercialización extrema pero que no cuestionamos porque con cada arista que se abre, con cada pieza diferente que suma a cristal con que se miran esos días mágicos, nos sentimos ubicados en las puerta de Rashō dispuestos a ser testigos protagonistas de ese Rashōmon musical que marcó el final (y no la muerte) de la banda más grande de todos los tiempos.



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