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Series y películas para maratonear: una historia real perturbadora, hockey universitario y horror con clima de Stephen King

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Prime Video, Apple TV y YouTube.

1. Serie para ver en Netflix: Leyendas



Leyendas se inscribe dentro de la larga tradición británica del thriller de espionaje y el policial encubierto, pero lo hace desde una perspectiva desacralizada, casi proletaria. La miniserie, ambientada en el Reino Unido de comienzos de los años noventa, reconstruye el momento en que el Estado parecía perder definitivamente la guerra contra la heroína. En ese clima de desesperación institucional, dos funcionarios de aduanas, Angus Blake (Douglas Hodge) y Don Clark (Steve Coogan), conciben una estrategia extrema: infiltrar civiles sin experiencia en las organizaciones de narcotráfico más peligrosas del país. El núcleo dramático gira alrededor de Guy (Tom Burke), Kate (Hayley Squires), Bailey (Aml Ameen) y Erin (Jasmine Blackborow), personajes ordinarios arrojados a un universo criminal que los excede. La serie encuentra allí su principal virtud: transformar la inexperiencia y el miedo en motores de tensión permanente.

A diferencia de las fantasías glamorosas del espionaje clásico, Leyendas se mueve en un territorio gris, húmedo y agotado, más cercano al desencanto social de El largo viernes santo (John Mackenzie, 1980) o a ciertos pasajes de El topo (Tomas Alfredson, 2011) que a los despliegues de la serie Bond. Neil Forsyth evita el heroísmo espectacular y construye un thriller donde el peligro proviene menos de las explosiones que de los silencios, las sospechas y la posibilidad constante de ser descubierto. Cada infiltración funciona como una performance identitaria: los protagonistas deben inventarse a sí mismos mientras el entorno criminal amenaza con devorarlos psicológicamente. La serie dialoga así con el policial de investigación, pero también con el drama paranoico propio del espionaje británico, donde la burocracia estatal luce tan precaria y vulnerable como el propio crimen organizado.

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El contexto histórico resulta fundamentalLeyendas retrata una Inglaterra erosionada por el final del thatcherismo, atravesada por la precarización económica y por el crecimiento del narcotráfico como fenómeno estructural. La heroína aparece no sólo como una droga sino como un síntoma social: jóvenes de todas las clases sociales muertos en fiestas, barrios degradados y un aparato estatal escaso de financiamiento e incapaz de contener el flujo de sustancias ilegales. La serie entiende que el crimen no surge como anomalía sino como consecuencia de un quiebre político y económico



Tom Burke (El souvenir) ofrece una interpretación extraordinariamente contenida como Guy, alejándose de cualquier gesto de dureza convencional. Su personaje transmite la fragilidad de alguien que improvisa supervivencia minuto a minuto, convirtiéndose en el eje emocional del relato. Steve Coogan, por su parte, sorprende desde la sobriedad: deja de lado su veta satírica habitual para construir a Don Clark como un hombre cansado, pragmático y ambiguo, consciente de que está enviando civiles a una maquinaria potencialmente suicida. Hayley Squires (Yo, Daniel Blake) aporta humanidad y vulnerabilidad a Kate, mientras que Aml Ameen y Jasmine Blackborow completan un grupo donde cada personaje parece cargar un miedo distinto. Incluso Tom Hughes, como el traficante Carter, evita el estereotipo del villano exuberante y compone una figura fría, elegante y amenazante, casi un empresario del crimen neoliberal.

La serie no busca construir superagentes sino explorar qué ocurre cuando personas comunes son obligadas a actuar dentro de una ficción criminal que puede destruirlas. Su tono oscilante entre drama humano, el thriller y el policial le permite encontrar una identidad propia dentro de un género saturado. Aunque algunas licencias históricas y musicales revelan cierta estilización nostálgica, la miniserie conserva una densidad emocional y política notable. Entre teléfonos públicos, clubes nocturnos y pasillos burocráticos iluminados con neones mortecinos, Leyendas retrata un país exhausto, donde la lucha contra la droga ya parece perdida antes de empezar. (6 episodios)

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Imperdible.



2. Serie para ver en Prime Video: Off Campus

Esta serie de producción estadounidense filmada en Canadá toma la estructura clásica de la comedia romántica universitaria y la recubre con una sensibilidad contemporánea donde el erotismo, la vulnerabilidad emocional y la cultura pop conviven sin culpa. La historia sigue a Hannah Wells (Ella Bright), una estudiante y compositora obsesionada con triunfar en la música mientras intenta acercarse al carismático Justin Khol (Josh Heuston). Su vida cambia cuando conoce a Garrett Graham (Belmont Cameli), estrella del hockey universitario y conquistador serial, con quien establece un pacto de conveniencia: ella lo ayuda a aprobar filosofía y él finge ser su novio para despertar celos. Desde allí, la serie despliega todos los tropos posibles del romance: las citas falsas, los opuestos complementarios, el atleta popular y la chica introvertida, la amistad convertida en deseo. Lejos de ocultar su naturaleza formulaica, Off Campus la abraza desprejuiciadamente.

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La relación con Más que rivales resulta evidente en el modo en que ambas producciones exploran el hockey como espacio de deseo, competencia y construcción de la identidad. Pero mientras aquella apostaba por un tono más melancólico y clandestino, marcado por la represión y las tensiones del primer amor verdadero, Off Campus se mueve con energía luminosa. Aquí todo es más colorido, más juguetón y también más explícito. El erotismo ocupa un lugar central, no como provocación vacía sino como extensión natural de la intimidad emocional. Las escenas sexuales, abundantes y estilizadas, funcionan como momentos de descubrimiento afectivo antes que como simple exhibición corporal. La serie entiende que para el público contemporáneo el deseo ya no necesita esconderse detrás de metáforas pudorosas: puede convivir con el humor, las inseguridades y las conversaciones filosóficas sobre arte, los traumas y la autenticidad.



Uno de los aspectos más interesantes de Off Campus es precisamente esa extraña mezcla entre superficialidad pop y aspiraciones intelectuales. Garrett, incapaz de comprender la filosofía académica, encuentra en Hannah una guía para pensar el mundo más allá del rendimiento deportivo, mientras ella descubre en él una sensibilidad inesperada. La música opera como puente entre ambos y también como discurso sobre la creación artística: canciones, vinilos y referencias al rock clásico aparecen constantemente como refugios en medio de una juventud ansiosa y siempre en actividad. Sin embargo, la serie rara vez profundiza del todo en esas ideas y prefiere mantenerlas flotando como destellos decorativos dentro de una narrativa diseñada para el consumo compulsivo. Cada episodio termina como el cierre de un capítulo de novela romántica: ganchos sentimentales, miradas suspendidas y diálogos diseñados para ser subrayados en TikTok.

Aun con sus limitaciones narrativas y cierta tendencia a convertir los traumas de los personajes en combustible melodramático, Off Campus funciona gracias a la química irresistible entre Ella Bright y Belmont Cameli. Ambos logran transformar personajes bastante estereotipados en figuras cálidas y creíbles. La serie jamás pretende reinventar el género; su ambición consiste en perfeccionar una fórmula específica y ofrecer una fantasía de alta intensidad. Entre dormitorios universitarios iluminados con luces tenues, partidos de hockey, discos de rock y cuerpos adobados con esteroides filmados con delectación publicitaria, Off Campus construye un universo en sus 8 episodios donde enamorarse ofrece tal vértigo como un viaje en la montaña rusa.

Muy recomendada.



3. Miniserie para ver en Netflix: ¿Debería casarme con un asesino?

Esta miniserie documental cuenta una historia de amor nacida en Tinder, con un hombre aparentemente encantador y una confesión devastadora que transforma el romance en una pesadilla. La protagonista y narradora, la forense escocesa Caroline Muirhead, descubre que su prometido, Alexander «Sandy» McKellar, atropelló y mató a un ciclista mientras conducía ebrio y luego ocultó el cuerpo junto a su hermano. A partir de allí, la serie abandona el simple relato criminal y se convierte en un estudio incómodo sobre el amor, la negación y la manipulación psicológica. Lo más inquietante no es solamente el crimen, sino la manera en que la vida cotidiana continúa orbitando alrededor de él, como si el horror pudiera convivir entre cenas románticas, planes de boda y conversaciones domésticas.

La gran fuerza de la miniserie reside en el papel contradictorio de Caroline como narradora. Ella no ocupa el lugar tradicional de víctima inocente ni el de investigadora heroica: es una mujer atrapada entre el afecto genuino hacia Sandy y la obligación ética de colaborar con la policía. Esa ambigüedad convierte al documental en algo más complejo que el habitual catálogo de monstruos morales del género. Caroline sabe que muchas de sus decisiones resultan difíciles de comprender y la serie juega permanentemente con esa incomodidad. ¿Por qué no huyó inmediatamente? ¿Por qué siguió hablando con él? ¿Por qué aceptó convertirse en una especie de infiltrada para la policía? El documental evita ofrecer respuestas cerradas y permite que la contradicción permanezca abierta, respirando dentro de cada uno de los 3 episodios como una herida psicológica imposible de suturar del todo.



Allí aparece también el debate más interesante de la serie: si corresponde juzgar o no las conductas de su protagonista. La puesta en escena parece oscilar entre dos impulsos opuestos. Por un lado, humaniza a Caroline y expone cómo la policía la utilizó como pieza funcional de la investigación, dejándola emocionalmente expuesta y físicamente vulnerable. Por otro, el montaje alimenta inevitablemente cierta mirada voyeurista sobre sus elecciones afectivas, casi invitando al espectador a preguntarse qué habría hecho en su lugar. 

Como pieza audiovisual, la miniserie es cautivante, aunque formalmente convencional. El director Josh Allott apuesta por entrevistas frontales, reconstrucciones estilizadas y archivos personales que funcionan más por acumulación que por innovación cinematográfica. El suspenso no surge de descubrir quién cometió el crimen, porque eso se conoce desde el inicio, sino de observar cuánto puede resistir Caroline antes de quebrarse. La serie funciona entonces menos como una investigación criminal y más como un thriller psicológico sobre la erosión de la confianza íntima. Entre silencios incómodos, grabaciones secretas y miradas agotadas, el documental deja flotando una idea perturbadora: quizá el verdadero terror contemporáneo no sea encontrarse con un asesino, sino descubrir cuánto tiempo podemos seguir amando a alguien después de saber lo que hizo.

Muy recomendada.



4. Serie para ver en Apple Tv: La maldición de Widow’s Bay

La maldición de Widow’s Bay es una de las series más extrañas y fascinantes del panorama reciente: una mezcla de comedia de terror, gótico costero y misterio sobrenatural que parece invocar al mismo tiempo a Stephen King, Twin Peaks y las películas de horror suburbano de los años ochenta. Creada por Katie Dippold, la serie se sitúa en una pequeña isla de Nueva Inglaterra atrapada entre la decadencia económica y una acumulación enfermiza de leyendas urbanas. El alcalde Tom Loftis, interpretado con brillante plasticidad por Matthew Rhys (El y ella), intenta revitalizar el turismo explotando el supuesto «encanto maldito» del pueblo, sólo para descubrir que quizá los relatos sobre fantasmas, brujas y asesinos no sean simples estrategias de marketing. La serie convierte esa premisa casi absurda en un estudio melancólico sobre comunidades detenidas en el tiempo, lugares donde el pasado permanece adherido al paisaje como el moho sobre la madera vieja.

La relación con la comedia de terror ochentosa resulta inmediata. La maldición de Widow’s Bay parece dialogar con La hora del espantoLa nieblaGremlins o incluso Escuadrón antimonstruos en la manera en que mezcla humor cotidiano con amenazas sobrenaturales filmadas sin cinismo. Aquí no hay parodia ni distanciamiento irónico permanente: la serie cree genuinamente en sus monstruos. Cada episodio introduce nuevas figuras del imaginario clásico, desde presencias espectrales hasta asesinos con hacha y criaturas surgidas de la niebla marina, pero siempre tratadas con una mezcla de fascinación y gravedad emocional. Katie Dippold comprende algo que mucho horror contemporáneo ha olvidado: el terror y la comicidad funcionan mejor cuando comparten el mismo espacio emocional. Los personajes hacen chistes porque están asustados, no porque la serie se avergüence de su dimensión fantástica. Ese equilibrio recuerda también al Stephen King más humano y comunitario, especialmente el de La hora del vampiro, La tienda de los deseos malignos o La tormenta del siglo, donde el verdadero protagonista siempre es el pueblo mismo y sus secretos enterrados.



La influencia del gótico estadounidense atraviesa toda la puesta en escena. La isla parece suspendida fuera del tiempo moderno: posadas húmedas, muelles corroídos, casas de madera consumidas por la niebla y habitantes que arrastran supersticiones transmitidas por generaciones. El mar funciona como presencia amenazante y metafísica, casi como una conciencia antigua observando silenciosamente a los personajes. En ese aspecto, la conexión con Twin Peaks es evidente. Como la obra de David Lynch y Mark Frost, La maldición de Widow’s Bay transforma una pequeña comunidad en un ecosistema de rarezas donde lo absurdo y lo siniestro conviven naturalmente. Stephen Root, extraordinario como Wyck, el excéntrico habitante obsesionado con las maldiciones locales, parece salido de una versión marítima del universo lynchiano. Kate O’Flynn aporta ambigüedad moral como Patricia, asistente de Loftis y figura que oscila entre aliada y amenaza, mientras Kevin Carroll interpreta al sheriff Bechir con una serenidad casi ritual. Incluso la estructura episódica, que combina casos el asombroso cuarto episodio donde el relato focaliza en las acciones de un personaje, recuerda tanto a Twin Peaks como a series como Buffy la caza vampirosLos expedientes X.

Pero lo que vuelve verdaderamente singular a La maldición de Widow’s Bay es su capacidad para construir atmósferas. La dirección de Hiro Murai y Ti West evita el efectismo contemporáneo y apuesta por silencios incómodos, espacios vacíos y encuadres donde siempre parece haber algo observando desde el fondo. La serie no busca aterrorizar mediante sobresaltos sino producir una sensación persistente de inquietud acogedora, como si el espectador estuviera leyendo un viejo libro de leyendas junto a una chimenea mientras afuera golpea la tormenta. Como esos pueblos malditos del folklore estadounidense, la serie deja la sensación de haber visitado un lugar imposible de explicar del todo, pero difícil de olvidar. (Se han emitido 5 de los 10 episodios).

Muy recomendada.



5. Película para ver en YouTube: El baile

Le Bal (1983), de Ettore Scola, es una de las experiencias cinematográficas más singulares y virtuosas del cine europeo de los años ochenta: una película prácticamente sin diálogos que convierte una pista de baile en metáfora de la memoria colectiva francesa del siglo XX. Coproducción entre Francia, Italia y Argelia, el film nace a partir del espectáculo teatral del Théâtre du Campagnol y transforma una única locación, un salón popular parisino, en un escenario donde transcurren casi cincuenta años de historia política, social y sentimental. Desde el Frente Popular de los años treinta hasta la irrupción de la música disco y el desencanto contemporáneo, Scola construye un fresco histórico sin recurrir a explicaciones verbales, confiando únicamente en el movimiento de los cuerpos, la música, los gestos y los cambios de vestuario. El resultado posee algo de coreografía social y algo de arqueología emocional: cada canción funciona como cápsula temporal y cada baile como síntoma ideológico de una época.

La ausencia de diálogos es el gran gesto radical de la película, aunque en realidad El baile jamás se siente muda. El sonido está permanentemente vivo a través de las canciones populares, las respiraciones, las risas, los pasos y los murmullos indistinguibles que atraviesan el salón. Scola se inserta aquí en una tradición rarísima de cineastas capaces de narrar desde la pura fisicidad visual, acercándose por momentos al cine mudo, al musical y hasta a la pantomima teatral. Pero lejos de tratarse de un experimento frío o intelectual, El baile está atravesada por una enorme humanidad. Los personajes envejecen, cambian de rol social y atraviesan guerras, ocupaciones, liberaciones y transformaciones culturales sin necesidad de pronunciar una sola frase. La película demuestra que el cuerpo también tiene una memoria histórica: basta observar cómo cambia la manera de bailar entre los años treinta y los setenta para entender la evolución de las relaciones de clase, del erotismo y de la propia modernidad.



Uno de los aspectos más fascinantes del film es cómo reconstruye la historia de Francia desde los márgenes cotidianos y populares. La ocupación nazi, la Resistencia, la llegada de los soldados estadounidenses, el auge del existencialismo de posguerra, el rock and roll, las tensiones coloniales y la cultura disco aparecen filtradas a través de un espacio mínimo y aparentemente banal. Scola evita la solemnidad del cine histórico tradicional y prefiere mostrar cómo los grandes acontecimientos se infiltran en la vida común. El salón de baile se convierte así en una especie de microcosmos nacional donde confluyen obreros, burgueses, colaboracionistas, inmigrantes, soldados y amantes ocasionales. 

La labor de Ettore Scola es extraordinaria por la precisión con la que articula puesta en escena, coreografías y memoria histórica. El director italiano -reconocido por joyas tales como Nos habíamos amado tanto (1974) y Feos, sucios y malos (1976)- consigue que cada desplazamiento dentro del salón posea significado dramático y político. Nada parece arbitrario: la iluminación, el color, la música y la disposición de los cuerpos construyen un lenguaje autónomo de enorme sofisticación. El baile recibió el Premio César a la Mejor Película y al Mejor Director, además de múltiples nominaciones internacionales, incluyendo el Oscar a mejor película extranjera y el Globo de Oro en la misma categoría. Más allá de los premios, la película permanece como una de las obras más audaces de Scola y del cine europeo moderno. 



Imperdible.

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