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El jueves de 21 mayo de 2026, Star Wars vuelve a los cines. No es un acontecimiento menor: la última vez que alguien pagó una entrada para ver una película de la saga fue en diciembre de 2019, cuando The Rise of Skywalker cerró, con más pena que gloria, la trilogía que JJ Abrams había comenzado cuatro años antes. Siete años son muchos años. Más de lo que tardó George Lucas en pasar de la Star Wars original a El Regreso del Jedi, la última de la primera trilogía. Suficiente tiempo para que un niño aprenda a leer y llegue a la adolescencia. Tiempo de sobra para que Lucasfilm anunciara, desarrollara y cancelara al menos una docena de películas que nunca vieron la luz.

The Mandalorian & Grogu es, técnicamente, el regreso de la saga a la pantalla grande. Jon Favreau dirige. Pedro Pascal vuelve a ponerse el casco. Jeremy Allen White presta su voz a Rotta el Hutt, Martin Scorsese aparece en los créditos principales por ponerle la voz a un simpático alien propietario de un food truck, y Sigourney Weaver aparece como la Coronel Ward, una veterana de la Rebelión. 

La película retoma la historia donde la tercera temporada de la serie dejó las cosas: Din Djarin y su aprendiz Grogu, ahora al servicio de la Nueva República, reciben la misión de rescatar al sobrino de los Hutt a cambio de información valiosa. 



Es Star Wars funcionando bien: personajes queridos, mundo familiar, relación emotiva entre protagonista, y tiene todo el aspecto de ser un buen rato en el cine. Pero para entender por qué esta película existe, y por qué llega ahora, hay que retroceder un poco y mirar el panorama completo. Es una historia bastante más triste.

El problema se llama trilogía de las secuelas

Cuando Disney compró Lucasfilm en 2012 por US$ 4.000 millones, la promesa era clara: una película de Star Wars por año, para siempre, como si fuera el MCU pero con sables de luz. El plan funcionó, más o menos, durante los primeros años. The Force Awakens, en 2015, fue un éxito rotundo de taquilla, aunque la crítica más honesta ya señalaba que era básicamente una remake de A New Hope. Rogue One, en 2016, fue buena de verdad, aún cuando hubo un cambio de director sin que se sintiera el sismo en el producto final, algo que después sería usual en la empresa. Solo: A Star Wars Story, en 2018, fue un desastre comercial que obligó al estudio a recalibrar. En el medio llegó la trilogía de Abrams, y con ella el derrumbe.

The Last Jedi, de Rian Johnson (2017), dividió al fandom como pocas películas en la historia reciente. Era ambiciosa, subversiva, dispuesta a desmantelar la mitología heredada. Hay quienes la consideran una de las mejores películas de Star Wars desde el original; hay quienes la odian con intensidad. Pero incluso sus detractores más furiosos conceden que tenía una visión. 



El problema llegó después: Disney entró en pánico, reemplazó al director original de la tercera entrega (Colin Trevorrow) por Abrams, y el resultado fue The Rise of Skywalker, el episodio IX estrenado en diciembre de 2019. Una película que contradecía todo lo construido por Johnson, que resucitaba a Palpatine sin la menor explicación. La escena en que Poe Dameron dice literalmente «de alguna manera, Palpatine volvió» se convirtió en meme instantáneo. La película intentaba satisfacer a todo el mundo terminó por no satisfacer a nadie. Fue un fracaso artístico mayúsculo. Un manual de cómo no hacer cine por encargo.

Las cifras de taquilla todavía parecían decentes: más de US$ 1.000 millones recaudados globalmente, pero la película sufrió la caída más pronunciada de la saga entre el primer fin de semana y el total final, señal inequívoca de que el boca a boca era devastador. Las encuestas de CinemaScore y los puntajes de audiencia en Rotten Tomatoes dibujaban el mismo cuadro: gente que había salido decepcionada del cine y no recomendaba el viaje. Star Wars tenía un problema de reputación.

Chewbacca, de la trilogía original, en el parque Galaxy's Edge
Chewbacca, de la trilogía original, en el parque Galaxy’s Edge



La confesión involuntaria de Disneyland

Hay un momento en que las señales de marketing hablan más claro que cualquier comunicado corporativo. Galaxy’s Edge, el parque temático de Star Wars que Disneyland inauguró en 2019, fue diseñado enteramente alrededor de la nueva trilogía. Rey, Kylo Ren, BB-8: los nuevos personajes eran el centro de todo, la apuesta del futuro. El parque costó US$ 1000 millones y fue concebido para establecer a esos personajes como los iconos de la próxima generación de fans.

En enero de 2026, Disney anunció un cambio radical. A partir del 29 de abril, Galaxy’s Edge dejaría de ser un parque de la era de las secuelas para convertirse en una experiencia multi-era que incorpora la trilogía original. Darth Vader, Luke Skywalker, Han Solo y la Princesa Leia empezaron a caminar por las calles de Batuu. 

La música de John Williams que suena de fondo, antes temática de las secuelas, fue reemplazada por las composiciones clásicas del mismo Williams de los años setenta y ochenta. Kylo Ren quedó reducido a una aparición marginal cerca de las atracciones; Rey fue confinada a los alrededores del Rise of the Resistance. La atracción Millennium Falcon: Smugglers Run, originalmente ambientada en la era de las secuelas, recibirá una actualización temática basada en The Mandalorian & Grogu para coincidir con el estreno de la película.



Traducido del lenguaje corporativo al castellano: Disney admitió, sin decirlo explícitamente, que los personajes de la nueva trilogía no lograron el arraigo emocional necesario para sostener un parque temático de esa magnitud. Que la gente prefiere a Darth Vader. Que treinta años de nostalgia siguen pesando más que tres películas que no supieron construir un vínculo genuino con su audiencia. Es una capitulación disfrazada de expansión, y es bastante elocuente.

Poster de Star Wars - The Mandalorian & Grogu
Poster de Star Wars – The Mandalorian & Grogu

La temporada 4 que se convirtió en película

The Mandalorian & Grogu tiene una historia de origen que dice mucho del estado de la franquicia. La serie original en Disney+ terminó su tercera temporada en 2023. Para entonces, Favreau y Dave Filoni, el coguionista de la película y hoy co-CEO de Lucasfilm, ya habían escrito los guiones de una cuarta temporada. El plan estaba trazado: Grogu se profundizaría como aprendiz mandaloriano, el Gran Almirante Thrawn sería el eje de la trama, y la serie prepararía el terreno para la segunda temporada de Ahsoka. 



Luego llegaron las huelgas de actores y guionistas de Hollywood en 2023, que paralizaron la industria durante meses, y el estudio aprovechó la pausa para reconsiderar su estrategia cinematográfica. La conclusión fue que Star Wars necesitaba volver a los cines, que el público extrañaba la experiencia de ver la saga en pantalla grande, y que la mejor manera de lograrlo era con personajes que el público ya amaba. La cuarta temporada fue archivada. Lo que iba a ser una serie de streaming se convirtió en película. Favreau reconoció el cambio con honestidad: tuvo que construir una historia nueva desde cero, aunque pudo incorporar algunas ideas, entre ellas la relación maestro-aprendiz entre Djarin y Grogu, que estaban planeadas para la temporada cancelada.

Es, en cierto modo, el síntoma perfecto de una franquicia que lleva años reaccionando en lugar de planificar. Lo que debía ser una historia televisiva de varios episodios fue comprimida en una película de cine porque el estudio necesitaba algo que mostrar. No es necesariamente malo, la película puede ser excelente de todos modos, pero ilustra un patrón de decisiones que viene de lejos.

Rogue Squadron, otro de los proyectos anunciados pero no cristalizados
Rogue Squadron, otro de los proyectos anunciados pero no cristalizados



El cementerio de proyectos

Si hay algo que distingue a Lucasfilm en la era Disney es su extraordinaria capacidad para anunciar películas que nunca se hacen. El registro es, a esta altura, impresionante en el peor sentido posible.

En 2017, antes incluso del estreno de The Last Jedi, Lucasfilm anunció una trilogía original de Rian Johnson con personajes completamente nuevos, desligados de la saga Skywalker. Sonaba a apuesta audaz por el futuro. Pasaron cinco años sin que se escribiera un solo guion ni se anunciara una fecha de estreno. La trilogía, para todos los efectos prácticos, no existe.

En 2019, se anunció una película producida por Kevin Feige, el arquitecto del universo Marvel. La idea era tentadora: si alguien sabía construir franquicias cinematográficas interconectadas, era él. 



El guionista Michael Waldron, el mismo de Loki y Doctor Strange en el Multiverso de la Locura, confirmó que estaba trabajando en el proyecto. En 2023, Variety informó que la película había sido cancelada. No hubo declaraciones oficiales, no hubo anuncio formal: simplemente dejó de existir.

En diciembre de 2020, en el Investor Day de Disney, Patty Jenkins, directora de Mujer Maravilla, subió al escenario a presentar Rogue Squadron, una película sobre pilotos de la Rebelión que prometía ser el Top Gun de Star Wars. Había un teaser, había un título, había una fecha tentativa para diciembre de 2023. Disney retiró la película del calendario en septiembre de 2022. En 2023, Variety la declaró oficialmente cancelada.

Por la misma época se hablaba de una película de Taika Waititi, conocido por Thor: Ragnarok y Jojo Rabbit, que supuestamente iba a romper todos los moldes del género. Waititi llegó a decir que su versión de Star Wars podía «enojar a la gente». Años de silencio después, el proyecto languideció hasta desaparecer de cualquier calendario concreto. 



También hubo conversaciones con Shawn Levy, director de Deadpool & Wolverine, y con James Mangold, Logan, Indiana Jones, para una película sobre el origen de la Fuerza, ambientada 25 mil años antes de La Amenaza Fantasma, titulada Dawn of the Jedi. En enero de 2026, Kathleen Kennedy confirmó en su última entrevista antes de dejar su puesto que ese proyecto estaba «en pausa».

El caso más doloroso, quizás, fue el de The Hunt for Ben Solo. Adam Driver reveló en octubre de 2025 que había trabajado durante dos años junto al director Steven Soderbergh, Ocean’s Eleven, Traffic, y la guionista Rebecca Blunt en una película sobre el destino de Kylo Ren después de Episodio IX. El guion llegó a Lucasfilm, que lo elogió. Llegó a Kennedy, que lo calificó de excelente. Y luego llegó a Bob Iger y al copresidente Alan Bergman, que dijeron que no. El argumento oficial fue que no veían cómo Ben Solo podía estar vivo. Lo cual es una razón curiosa dado que la misma película en que muere Kylo Ren resucita el Emperador Palpatine con la explicación de «de alguna manera, volvió». Soderbergh declaró públicamente que habían trabajado dos años y medio de manera gratuita y que «nunca llegamos a hablar de presupuesto». Los fans alquilaron una avioneta para volar una pancarta sobre los estudios de Disney en Burbank pidiendo que salvaran la película. No sirvió de nada.

Por qué pasó todo esto

La respuesta fácil es que Disney no sabe qué hacer con Star Wars. La respuesta más precisa es que Disney sabe exactamente lo que quiere, dinero, estabilidad, franquicias predecibles, pero no ha encontrado la manera de conseguirlo con esta saga en particular.



El problema de fondo es que Star Wars es una propiedad con una identidad muy específica, construida durante décadas sobre una mitología particular y personajes con un peso emocional extraordinario. Cuando Disney compró Lucasfilm, apostó a que podía replicar el modelo Marvel: personajes nuevos, universo expandido, películas anuales, crossovers constantes. Pero Marvel construyó su universo desde cero, con personajes que el público fue conociendo en paralelo. Star Wars ya tenía una historia de cuarenta años encima, y cualquier personaje nuevo tenía que competir con Luke Skywalker y Darth Vader desde el primer día.

La nueva trilogía de Abrams es el ejemplo perfecto del problema. La decisión de no planificar la historia completa de los tres episodios con antelación, cada director tuvo libertad para llevar la trama donde quisiera, sin coordinación real entre ellos, produjo una saga incoherente que contradecía sus propias premisas. El arco de Kylo Ren, que Johnson había diseñado como una historia de redención genuina y ruptura con el pasado, fue revertido por Abrams en el Episodio IX para satisfacer a los fans que extrañaban lo de siempre. El resultado fue que ni los fans de la novedad ni los de la tradición quedaron contentos.

A eso se suma la parálisis creativa institucional. Lucasfilm bajo Kathleen Kennedy tuvo una relación tormentosa con sus directores: los creadores de Game of Thrones abandonaron su trilogía en 2019 citando conflictos de agenda, pero la versión más difundida habla de tensiones creativas permanentes con el estudio. Colin Trevorrow fue removido de la dirección del Episodio IX. Phil Lord y Chris Miller, directores de The Lego Movie y de Proyecto Fin del Mundo, fueron despedidos de Solo a mitad de rodaje y reemplazados por Ron Howard. Gareth Evans aparece acreditado como el director de Rogue One, pero se sabe que Lucasfilm le sacó el proyecto de las manos y las varias semanas de reshoots (como el final de Darth Vader en el pasillo anters de abordar la nave de Leia) las hizo Tony Gilroy, quien sería el creador de la serie Andor, quizás la más prestigiosa de todas. Josh Trank, fue anunciado como el director de una película de Boba Fett. El día que tenía que subirse al escenario de la Celebration para compartir la noticia del público adujo «un resfrío» y desapareció para siempre, junto con el proyecto, del universo Star Wars.



El patrón se repite demasiado para ser coincidencia: Lucasfilm tiene dificultades para alinear su visión corporativa con la libertad creativa que los directores necesitan para trabajar.

Y luego está el ruido del fandom. Pocas propiedades culturales tienen una comunidad de fans tan intensa, tan reactiva y tan dispuesta a boicotear proyectos que no se ajustan a sus expectativas. Las campañas de odio online contra las actrices de la nueva trilogía, como Kelly Marie Tran que tuvo que abandonar las redes sociales después de un acoso sistemático, tuvieron un impacto real en las decisiones del estudio, que aprendió a mirar las métricas de rechazo en internet antes de comprometerse con una dirección creativa. El resultado fue un estudio que empezó a diseñar películas mirando por el espejo retrovisor en lugar de adelante.



Dave Filoni, que reemplazó a Kennedy como co-CEO de Lucasfilm, tiene una relación diferente con Star Wars: viene de la televisión de animación, del universo expandido, de la mitología profunda de la saga. The Mandalorian fue su manera de demostrar que Star Wars podía funcionar sin los Skywalker, con personajes nuevos en un mundo familiar. Grogu, Baby Yoda, para el mundo, fue el fenómeno cultural más genuino que la franquicia había producido en veinte años. No por nostalgia: por mérito propio.

Grogu, o Baby Yoda
Grogu, o Baby Yoda



Una galaxia que todavía puede recuperarse

The Mandalorian & Grogu llega a los cines con todo a su favor: personajes queridos, director que conoce el material de memoria, una historia que no depende de haber visto nada previo para entenderse (aunque venga después de tres temporadas, un texto al comienzo pone el día la historia). La primera película de Star Wars en siete años no tiene que cargar con el peso de una trilogía fallida ni con los fantasmas de una saga que se enredó en su propio legado. Puede ser, simplemente, una buena aventura.

Lo que viene después es más incierto. Shawn Levy tiene en producción Starfighter, con Ryan Gosling, para 2027. Es una historia completamente nueva, con personajes inéditos, ambientada en una era de la galaxia todavía no explorada en el cine. Si funciona, si Gosling conecta con el público de la misma manera que Pascal conectó como Mando, puede ser el inicio de algo genuinamente nuevo. Si no, el cementerio de proyectos tendrá otra lápida más.

Por ahora, el diagnóstico es el de una franquicia que durante años confundió el anuncio con el logro, el desarrollo con la producción, el hype con el resultado. Lucasfilm aprendió, a los golpes, que Star Wars no se puede fabricar por comité ni se puede planificar como una planilla de Excel. La galaxia muy, muy lejana tiene sus propias reglas, y la principal es que el público no perdona a los que juegan con lo que ama.



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