¿Y si el problema no son las denuncias falsas?
En sólo una semana, vimos tres videos que demuestran casos de violencia de género. Tres videos de mujeres (o familias) que pudieron documentarlo y mostrarlo. Que se animaron.
- Carolina Flores, asesinada por su suegra en México.
- Pamela Pombo, golpeada por el ex Puma Patricio Albacete.
- Y Camila, golpeada por su ex.
Camila había denunciado en noviembre de 2025. El sistema no la protegió. No la escuchó. No actuó. Recién cuando decidió subir el video a redes sociales, cuando su historia dejó de ser privada y se volvió pública, hubo una respuesta. Y entonces la pregunta aparece, inevitable: ¿por qué la justicia necesita del escándalo para funcionar? ¿Por qué no alcanza con la denuncia?
Cada vez parece necesitarse más: más pruebas, más exposición, más violencia visible para que una víctima sea creíble. Como si el testimonio no alcanzara. Como si el dolor tuviera que ser demostrado.
La antropóloga Rita Segato lo define como espectacularización: los casos se narran con detalles morbosos, con imágenes, con videos. La atención se queda en el horror del acto, en el impacto que genera, pero no en la estructura que lo hace posible. Se discute el caso, se opina, se consume. Y después, se pasa al siguiente.
Lo más inquietante es que esa lógica ya no es solo mediática. Se volvió una condición. Si no hay video, si no hay algo que circule, que incomode, que obligue a mirar, que tenga público y genere métricas, no alcanza.
Al mismo tiempo, otro caso expone otra contradicción. Una nena de 13 años fue violada y un médico le practicó un aborto. La reacción social no se centró en el violador, ni en cómo una nena de esa edad llegó a un hospital con un embarazo avanzado sin que nadie diga nada. Se centró en el médico. El público parece necesitar explicaciones sobre cómo un médico toma esa decisión. Sabemos su nombre, dónde trabaja, dónde vive, su cara. Necesitan explicaciones sobre cómo la «mujer -que es una nena- asesinó a un bebé de ocho meses». Ese es el título. No «una nena violada que tuvo que abortar». Nadie pregunta por el hombre que la violó y embarazó.
Entonces la pregunta cambia, pero no pierde peso: ¿Qué nos pasa como sociedad? ¿Qué elegimos ver y qué elegimos no ver?
En Argentina, las denuncias falsas ya son un delito. Y sin embargo, el foco sigue puesto ahí. Hay un proyecto en el Senado que busca agravar las penas hasta seis años de prisión. Seis años por una denuncia falsa, en un contexto donde las lesiones leves tienen penas menores, donde amenazas o situaciones de abandono pueden ser castigadas con igual o menor severidad.
La Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres relevó que las denuncias falsas representan apenas el 0,3%. No es un problema estructural. No es un fenómeno extendido. Pero ocupa un lugar central en la discusión. Pero no es casual, es una advertencia. Es una sospecha previa, un límite implícito. El mensaje no es jurídico, es social: denunciar puede volverse en tu contra.
Mientras tanto, los números cuentan otra historia. En el primer trimestre de este año, 68 mujeres fueron asesinadas por violencia de género en Argentina. El 72% ocurrió en su propia casa. El lugar que debería ser seguro es, en muchos casos, el más peligroso.
El problema entonces no son las fallas del sistema, ni la falta de respuesta, ni la demora, ni la desprotección. El problema, aparentemente, son las denuncias falsas.
La espectacularización y la exigencia de prueba social son, en el fondo, dos caras de lo mismo. Una convierte el dolor en contenido. La otra lo convierte en requisito. Ambas desplazan la responsabilidad hacia la víctima: tiene que mostrar, tiene que probar, tiene que convencer. Y si no lo hace, no alcanza.
Hay algo incómodo en todo esto. Nos indignamos, pero también consumimos. Criticamos la exposición, pero compartimos. Decimos que es demasiado, pero necesitamos verlo para creerlo. Y la justicia parece necesitar lo mismo.
Necesita que el caso circule. Que se vea. Que se vuelva imposible de ignorar. Pero cuando la justicia llega después del video, después de la viralización, después de la exposición, ya no está previniendo. Está llegando tarde. No está haciendo su trabajo.
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